Despertando un tímido feminismo

En mi infancia, en mi casa, no se hablaba de feminismo. El feminismo se vivía. 

Mi madre se licenció en derecho hace 55 años. Entonces, había pocas mujeres en la facultad. Desde niña, vi trabajar fuera de casa a mi madre y a mi padre. Nunca pensé que a las mujeres les costara más llegar a ningún sitio, ni que cobraran menos. 

Las estanterías de mi casa incluían literatura francesa y nombres potentes como Simone de Beauvoir, Colette o Marguerite Yourcenar. En mi casa, no se hablaba de feminismo. El feminismo se leía, se veía, se vivía.     

Cuando empecé a acompañar a mi pareja en sus destinos profesionales, renuncié a empleos y, a menudo, opté por trabajos parciales, peor pagados o con menos contenido. ¿Me sería así más fácil dejarlos?

No me restringió las oportunidades la sociedad, aún menos mi pareja. Yo sola me fui acomodando en mi papel de acompañante y madre, me hice pequeña y asumí que mi carrera profesional siempre sería secundaria. Dejé de vivir el feminismo.   

Tampoco sabía hablar de feminismo. No lo había hecho nunca. 

Y, sin embargo, es precisamente cuando no se vive el feminismo, cuando cobra vital importancia reivindicarlo. Aunque, como en mi caso, sea una reivindicación individual. Aunque sea algo tan sencillo como recordarnos a nosotras mismas que tenemos igual derecho que nuestras parejas a desarrollarnos profesionalmente, a compartir los cuidados, a priorizar nuestra profesión e intereses. No soltemos tan fácil… 

Hay muchos argumentos para justificar la importancia del desarrollo profesional. Pero más allá de las razones, a mí me hace feliz trabajar. ¿Y a ti?

Si te cuesta encontrar tu camino profesional en el extranjero, contáctame. Me encantará ayudarte. 

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